El salón de billar sale del censo con dos números buenos y uno incómodo. Los buenos: 4,33 de nota media sobre 45.679 reseñas repartidas en 142 salas, y solo tres cierres permanentes, un 2,1 %. El incómodo: casi tres de cada diez de esos locales son clubes, asociaciones o academias, gente con mesas que no necesita ganar dinero con ellas. Es una competencia incómoda: no compite por margen y aun así fija lo que el cliente cree que vale una hora. La segunda lectura viene de las reseñas, donde el billar casi no aparece en las quejas: el 28 % son por el trato, el 22 % por el precio y el 13 % por cómo se cobra, con la consumición obligatoria y los mínimos sin avisar como motivo repetido. Y lo que más se elogia tampoco es el juego, sino el ambiente, en el 37 % de las positivas. Traducido: esto no es un negocio de mesas, es un negocio de barra con mesas. La mesa trae a la gente y no tiene coste variable; la consumición paga el alquiler. Lo que decide si la cuenta sale es la ocupación. Una sala de ocho mesas necesita vender unas veintiuna horas de mesa al día para cubrir gastos, y eso ocurre viernes y sábado. El resto de la semana el local está abierto, con personal, y medio vacío. Quien lo monte debe presupuestar la semana entera y cuidar la barra, que es donde el cliente decide si vuelve.