La carne se vende cada vez más y la carnicería cada vez menos. Los hogares españoles compraron 43,11 kilos por persona en 2025, un 3,5 % más que el año anterior, pero la tienda tradicional se quedó con el 19,6 % del volumen de carne fresca y perdió un 2 % mientras el supermercado subía al 66,7 %. Ese es el problema del modelo, y no lo arregla ningún escaparate. Debajo de esa tendencia hay un comercio con virtudes reales. El margen bruto del sector, un 32,9 %, está por encima del supermercado. El género rota en días, así que apenas queda dinero parado en la estantería: las existencias son el 3,26 % de la facturación, siete veces menos que en una tienda de producto duradero. Y el cliente que cruza la puerta acepta pagar un 40 % más que en el súper. La nota media del sector es 4,65 sobre 35.249 reseñas. El problema es la cuenta. La media del sector vende 23.000 € al mes; de cada 100 € que entran, 67 se van en pagar la carne, y lo que sobra tiene que cubrir dos nóminas, el alquiler y una instalación de frío que corre los 365 días. Quedan unos 1.800 € al mes, y recuperar los 65.000 € de montaje lleva unos tres años. Súmese la salida: en Madrid ha cerrado una de cada cuatro en cinco años y hay traspasos por jubilación sin comprador. Se monta un empleo digno, no un activo.