El alquiler de furgonetas no es un negocio de local, es un negocio de flota: la inversión se va casi entera en un activo que se deprecia desde el primer día y que hay que tener alquilado el máximo número de días posible. Por eso la primera decisión, antes que la ciudad o la nave, es cómo se financia esa flota. Comprada de ocasión, la inversión sube a seis cifras y la recuperación se va cerca de los cinco años, pero el margen es mayor y al final quedan unos vehículos que se venden. En renting, la entrada cae a la cuarta parte y el dinero vuelve en menos de dos años, a cambio de un margen bastante más estrecho y de una cuota que se paga aunque nadie alquile. Ninguna de las dos es la buena: son dos negocios distintos con el mismo rótulo. Lo que hemos medido en las reseñas cambia dónde hay que poner el esfuerzo. La queja dominante no es el precio ni el trato, es la disponibilidad: el 33 % de las reseñas negativas son de clientes que no encontraron vehículo, cuando en las positivas ese asunto apenas aparece. Justo detrás va el estado en que se entrega la furgoneta, presente en el 10 % de las negativas y en el 1 % de las positivas, la asimetría clásica de lo que solo se nota cuando falla. Traducido a gestión: el cliente compra un vehículo disponible, limpio y con el depósito correcto, y todo lo demás es secundario. Los números tampoco dejan margen a la fantasía. Cada furgoneta cuesta del orden de 575 € al mes entre seguro de alquiler sin conductor, mantenimiento, impuestos, estructura y depreciación, así que necesita doce días alquilados al mes solo para pagarse. A partir de ahí manda la ocupación, y las referencias del sector colocan una flota sana entre el 60 % y el 70 %. Es un modelo defendible para quien tenga capital, capacidad logística y estómago para que su activo circule por la carretera en manos ajenas.