El mantenimiento rápido es un negocio cuya demanda no hay que explicar. El parque de turismos promedia 14,5 años y circulan 8,7 millones de vehículos con más de veinte, una cifra que creció un 11,2 % en un solo año. Un coche viejo consume revisiones, frenos, embragues y distribuciones, y esa factura no se puede aplazar indefinidamente sin quedarse tirado. El censo propio lo confirma por otra vía: entre 464 talleres de doce ciudades no aparece ni uno solo cerrado de forma definitiva. Donde el modelo se complica es dentro de la nave. Lo primero es el oficio, porque aquí se factura con horas de taller y el sector arrastra unas 20.000 vacantes sin cubrir, así que quien no sea mecánico depende por completo de contratar a uno y retenerlo. Lo segundo es el papeleo, que no es un trámite de apertura sino una rutina de cada reparación: presupuesto por escrito antes de tocar el coche, resguardo del vehículo, factura con piezas y mano de obra separadas y garantía de tres meses o 2.000 kilómetros. Y ahí está el dato más útil de esta ficha. La primera queja de los clientes no es el trabajo mal hecho, es el presupuesto, que explica el 30 % de las reseñas negativas frente al 12 % que cuestiona la competencia técnica. La valoración está además partida en dos, con un 78 % de cincos y un 14 % de unos: casi nadie puntúa una reparación correcta sin más, pero quien se siente engañado en el precio lo escribe. La conclusión para quien monte esto es poco romántica y muy rentable: el precio se pone por escrito siempre, aunque el cliente diga que no hace falta.