El autolavado es uno de los desatendidos más honestos del catálogo: el cliente hace el trabajo, la máquina cobra y el dueño aparece para reponer químicos y arreglar lo que se rompe. Quince horas semanales, sin personal y con una demanda muy recurrente, porque lavar el coche es un gasto pequeño que se repite cada pocas semanas. Los números acompañan: entre 30.000 y 150.000 € de inversión sin terreno, una facturación de 30.000 a 100.000 € al año y una recuperación de dos o tres años, que para el capital que mueve es rápida. Ahora, lo que decide si esto sale bien no está en la cuenta, está en dos sitios. El primero es la obra: aquí el trámite serio no es la licencia de actividad, es el agua. Autorización de vertido, separador de hidrocarburos y arquetas condicionan el proyecto y son la partida que más se subestima cuando alguien hace números en una servilleta. El segundo lo hemos medido leyendo a los clientes, y es el aviso más útil de esta ficha: el 22 % de las quejas son por el estado de las instalaciones, exactamente el mismo porcentaje que las quejas por precio. La máquina que se queda el dinero, el aspirador sin fuerza, el box sucio. En un negocio donde nunca hay nadie, el mantenimiento no es una tarea de la lista: es literalmente toda la atención al cliente que existe, y la única palanca de reputación que se controla. Añádase que el agua y la luz son el principal gasto variable, y queda claro cuál es el perfil que gana aquí: alguien con una parcela bien situada que pase a menudo, arregle rápido y vigile el consumo.