Una tetería es uno de los negocios con mejor margen por unidad de toda la hostelería española, montado encima de un producto que puede quedar prohibido. Las dos cosas están medidas. La cachimba se sirve por 12-18 € y lleva menos de 2,50 € de melaza y carbón, un margen bruto que ningún plato del vertical alcanza, y el cliente que entra está contento: 4,42 de nota sobre 82.216 reseñas. La otra cara es igual de concreta. El Gobierno ha escrito dos veces que la shisha se equipara al tabaco, la encuesta oficial mide que el público joven se ha reducido a la mitad en dos años, y en el censo propio 11 de cada 142 locales ya han cerrado, la tasa más alta que hemos medido en hostelería. Hay un detalle que ordena la decisión mejor que ningún otro: el único operador español de este sector con cifras públicas de éxito rotundo, cinco millones de facturación y más de cincuenta empleados, no sirve cachimbas, las fabrica y las vende, mientras las teterías históricas del centro de Málaga cierran una tras otra y una de ellas deja su local a una pollería coreana. En este mercado, el dinero documentado está en las palas, no en la mina. Y queda el negocio de verdad, que es el otro: la demanda que sí se ve en los datos no es la del humo, es la del sitio. Lo que más gusta al cliente es el ambiente del local y el trato, por encima de la carta, y ese es el activo que sobrevive a la ley. Quien monte esto sabiendo que más de la mitad de la caja depende de una tramitación parlamentaria, y tenga escrito qué hace el día que se apruebe, está haciendo un negocio. Quien haga la cuenta con el margen del producto y sin leer el proyecto de ley, no.