La sala de ensayo parece un negocio inmobiliario disfrazado de negocio musical: se alquila una nave a precio industrial, se trocea en boxes insonorizados y se subarrienda el metro. Al leer las tarifas que publican los operadores, ese arbitraje se encoge. Trece locales al abono mediano de 175 € suman 2.275 € al mes y la nave que los aloja cuesta unos 2.000 en una ciudad media: pagan el alquiler y poco más. Lo que deja margen son las horas sueltas de sala equipada, a una mediana de 16 €. Con esa cuenta quedan unos 815 € al mes antes del IRPF sobre 145.000 € invertidos, y devolver lo puesto pasa de diez años. El censo, en cambio, da una imagen tranquila: 4,60 de nota sobre 15.256 reseñas y tres cierres entre 105 locales, un 2,9 %. Es un cliente de abono que no se mueve. La otra cara del mismo dato es que solo el 52 % de las reseñas son del último año, de los flujos más lentos de los diecinueve modelos que censamos el mismo día. Aquí no entra gente nueva todas las semanas. Y hay un competidor que no aparece en ninguna cuenta de resultados: las salas públicas, gratuitas y equipadas, dirigidas justo al público que forma bandas. Contra eso no se compite por precio, sino por horario libre, material bueno y poder dejar el equipo montado. Quien monte esto necesita nueve locales alquilados y la sala de horas funcionando solo para cubrir gastos.