La escuela de baile aguanta: dos cerradas entre las 432 censadas en doce ciudades, con un 4,7 de media sobre 36.616 reseñas. Y las reseñas dicen algo poco habitual. Lo que más se elogia no es el profesor sino el ambiente y la comunidad, un 28 % frente a un 26 %. Eso explica el negocio: el alumno no compra una clase, compra el sitio al que pertenece, y por eso vuelve el curso siguiente. La retención es el modelo. El problema no está en llenar, está en el local y en el calendario. Bailar es ruido de impacto, el que peor se aísla, y hay sentencias que han ordenado cerrar academias por él: un local sin obra acústica no es un local barato, es un pleito aplazado. A eso se suma que el curso son nueve o diez meses mientras el alquiler son doce, y que la sala solo se llena cuatro horas de tarde. La queja propia del modelo es más barata de arreglar y casi nadie la arregla: el 19 % de las negativas habla de grupos mal nivelados, principiantes mezclados con veteranos. Eso no se corrige con inversión, se corrige con horarios y con decir que no. La cuenta cuadra con unos ciento quince alumnos pagando cuota cada mes del curso, y a partir de ahí la sala da dinero. Es un autoempleo digno con un techo claro: para crecer hay que abrir otra sala, y otra sala es otra obra acústica.