El pole tiene mejores números de los que la gente supone y un mercado más pequeño del que sueña quien lo practica. Los números primero: las tarifas observadas van de 40 € por un día a la semana hasta 145 € al mes por el abono combinado con telas, con matrícula y seguro aparte. Eso es ticket de boutique sobre una inversión de 40.000 €, y por eso la cuenta sale con solo cien alumnas. El mercado después: 88 estudios en doce ciudades, uno por cada cien mil habitantes en las grandes. Es un nicho, y los nichos se sostienen por comunidad, no por tráfico: el 35 % de las reseñas positivas hablan de la instructora y el 27 % del ambiente. La parte que casi nadie mira antes de firmar es el local. Aquí no vale cualquier bajo comercial: hacen falta altura libre y un forjado al que anclar barras que van a soportar a una persona girando en el aire, más el permiso del propietario para hacerlo. Ese es el filtro real del proyecto, y el motivo de que muchos estudios acaben en naves y primeras plantas en vez de en calle principal. Quien entre, que entre con alumnas propias, con el local verificado por un técnico antes de la firma y con el trato cuidado hasta la obsesión: en este negocio, la clienta que se siente juzgada no vuelve, y lo cuenta.