El taller de arreglos devuelve el dinero deprisa para lo que cuesta abrirlo: con 31.500 € de media puestos encima de la mesa, un taller que funciona deja unos 2.500 € al mes y recupera la inversión en menos de dos años. La razón es sencilla y es la misma que explica su límite: aquí no hay materia prima. Un bajo de pantalón consume hilo y quince minutos, así que el margen ronda el 32 %, muy por encima de lo que se ve en formatos con producto. Lo que no hay es forma de crecer, porque lo que se factura son horas de máquina y las horas no se estiran. Los datos propios dicen dos cosas más, y la segunda es la que debería condicionar la decisión. La primera es que el oficio aguanta: de 341 talleres censados en doce ciudades solo uno figuraba cerrado, y hay presencia en las tres tallas de ciudad, incluidas las pequeñas. La segunda sale de leer 2.013 reseñas: el precio explica el 40 % de las quejas en un negocio cuyo arreglo medio se cobra a 13 €. Eso no significa que el sector cobre caro, significa que el cliente no compara con otro taller sino con lo que le cuesta comprar la prenda nueva, y en varias reseñas lo dice con esas palabras. Ese es el verdadero techo del modelo, y no se arregla subiendo la tarifa. Quedan dos avisos. Uno es de responsabilidad: el 22 % de las quejas son por prendas que salieron peor de lo que entraron, y una chaqueta arruinada vale muchas veces lo que se cobró por tocarla. El otro es de sustitución de la persona: son 2,3 personas por taller, el titular cose y el oficio no se contrata en dos semanas, así que el negocio es tan sólido como su salud. Con todo, para quien ya sabe coser es una de las formas más razonables de convertir un oficio en un local propio, siempre que se entre sabiendo que se compra un buen puesto de trabajo y no una máquina de crecer.