El vinilado de vehículos parece un solo negocio y son dos. Uno es estético: el particular que cambia el color de su coche y paga entre 1.200 y 3.500 € por un trabajo de tres a cinco días. Es un ticket alto, agradecido de enseñar y perfecto para redes sociales, pero es una compra de una sola vez y de las primeras que se aplazan cuando el bolsillo se estrecha. El otro es publicitario: la furgoneta de la empresa de reformas, la flota de reparto, el coche del comercial. Se cobra menos por trabajo, de 300 a 2.500 €, pero el cliente vuelve cada vez que renueva vehículo o cambia de imagen, la factura va a una empresa que se la deduce como gasto de marketing, y en algunos casos la propia rotulación le sirve para acreditar que el vehículo se usa en la actividad. Los talleres que sobreviven a los meses flojos son los que tienen esa segunda cartera. Al intentar censar el modelo apareció el dato que lo retrata: el negocio no existe como categoría en el mapa. De los veinte primeros resultados del término, solo cuatro estaban clasificados en automoción y el resto eran imprentas, agencias de publicidad y diseñadores gráficos. Ahí está la competencia real, y no es el taller mecánico de al lado. Lo que decide la nota es el techo. Se factura por horas de instalación y una persona con oficio saca cuatro o cinco coches completos al mes, así que crecer significa contratar a alguien que casi no existe: no hay titulación pública del oficio, la formación es privada y de pocos días, y lo que separa a un instalador bueno de uno malo son años de práctica pagada con material propio. Esa misma facilidad para empezar es la que llena el mercado de talleres nuevos que compiten por precio. Es un buen autoempleo para quien tiene manos y sabe vender a empresas, y un mal negocio para quien espere que crezca solo.