El taller de chapa y pintura es un negocio de mucho equipo y de poco control sobre su propio precio, y esas dos frases explican casi toda su nota. La barrera de entrada la pone la cabina de pintura: los equipos de gama baja arrancan en torno a los 10.000-15.000 € y un sistema completo con horno de secado se va por encima de los 40.000 €, a lo que hay que sumar la nave, la obra, la instalación eléctrica y el alta como productor de residuos peligrosos. Nada de eso es opcional, y por eso la inversión media se planta en 135.000 €. La otra mitad del problema está en el cliente. En torno a nueve de cada diez trabajos de carrocería los paga una póliza, así que quien negocia el precio no es quien deja el coche sino la compañía: las patronales del sector cifran en 34,60 € la hora que pagan de media frente a los 46 € que consideran necesarios para sostener el taller, y en 2026 una asociación de talleres publicó que el 100 % de sus encuestados sufre imposición de precios por compañías sin convenio. El resultado es un negocio de mucha facturación y poco margen, con una rentabilidad publicada de entre el 1 % y el 10 %. Del lado bueno, la demanda es sólida y no depende de una moda: el parque circulante envejece, la facturación del sector sube aunque bajen las reparaciones porque el recambio y la electrónica encarecen cada golpe, y de los 444 talleres de carrocería que hemos censado en doce ciudades solo uno figura como cerrado. El cliente además está contento, con un 4,6 de nota media sobre 53.289 reseñas. Lo que estropea la experiencia no es el trabajo, es el reloj: el plazo de entrega explica el 36 % de las quejas, el porcentaje más alto de los doce modelos de automoción que hemos medido a la vez, y la cita y la disponibilidad otro 29 %. Quien monte esto debe entender que compite por agenda y por gestión, no por acabado, y que la mitad de su cuenta de resultados la decide una negociación que empieza antes de abrir.