El self storage con la inversión dividida por diez: esa es la promesa del formato, y los números la sostienen. Un parque de 20 contenedores usados cuesta unos 40.000 € puesto en marcha — la nave compartimentada se mide en cientos de miles — y es modular: se empieza con cinco y se añaden según se llenan. El activo, además, se revende: el 20 pies usado mantiene un mercado activo de segunda mano, así que la salida no es un traspaso, es un camión. La operativa es la misma que la de su hermana de nave: candado, código, cobro domiciliado y unas pocas horas a la semana. Lo que cambia es dónde vive el riesgo. En la nave, el riesgo es el dinero: años hasta recuperarlo. Aquí es el papel: hay sentencia que exige licencia urbanística hasta por un contenedor desmontable, en suelo rústico el asunto puede acabar en orden de retirada, y la patronal avisa de que sin licencia el seguro no cubre. Hay un segundo pero: la escala. A 130 € el contenedor, veinte puertas dejan unos 880 € al mes — una inversión complementaria, no un sueldo. La evidencia de que el formato funciona es sólida pero extranjera: en Reino Unido, 4 de cada 10 self storage nuevos ya se abren con contenedores, y el mayor operador del formato pasa de 6.000 unidades. En España casi nadie lo ha montado. Eso es exactamente el riesgo — y el hueco.