La peluquería unisex low cost tiene dos caras difíciles de casar. Por un lado tiene todo lo que se le pide a un buen primer negocio: una demanda que no depende del ciclo económico, un cliente que vuelve solo cada mes y medio, una inversión baja para un local a pie de calle y ninguna titulación obligatoria para abrir. Por otro, es el oficio de barrio que más cierra de los doce que hemos medido en este vertical. En un censo de 376 locales en doce ciudades hay 11 cerrados de forma permanente, un 2,9 % cuando el resto de oficios de barrio que hemos censado no pasa del 0,6 %. Al abrir ese dato por el rótulo del local, la lectura deja de ser ambigua: 10 de los 11 cierres están entre los 152 salones que se anuncian como low cost y solo 1 entre los 224 restantes. El cierre se concentra casi por completo en ese lado del censo. Lo mismo pasa con la reputación, porque esos mismos locales puntúan 3,91 frente al 4,56 de los demás. La explicación está en las reseñas, y es la tensión que define el modelo. El precio es lo que trae al cliente y es también su primera queja: aparece en el 34 % de los comentarios negativos, de los porcentajes más altos del vertical, y en apenas el 12 % de los elogios. No es que el cliente considere caro el corte en abstracto. Es que llega esperando pagar diez euros y la mitad de quienes dicen lo que pagaron citan 17,50 € o más, con el lavado, el secado y el producto sumados al final. Un formato que basa su promesa en el precio no puede permitirse que el precio sea su peor sorpresa. Los números, en cambio, no están mal para lo que cuesta entrar. Con el salón lleno, mil servicios al mes a diecisiete euros dejan unos 3.650 € antes de impuestos y la inversión vuelve entre los diez meses y los dos años y medio, según lo que tarde el salón en llenarse. El problema es que ese lleno exige cuatro o cinco personas disponibles a la vez, en un oficio con salarios de convenio bajos y mucha rotación, así que la gestión de personal es el verdadero trabajo del dueño, no el corte. Y conviene mirar la salida antes de entrar, porque aquí no hay activo que revender: se arriesga poco porque se invierte poco, y si el local no funciona lo que queda son unos sillones de segunda mano. Nuestra conclusión es que el modelo funciona cuando se entiende que la palanca no es bajar el precio sino llenar el local con una tarifa que el cliente sepa de antemano. Quien compita a ver quién corta más barato ya sabe dónde acaban los que lo intentaron antes.