La peluquería canina aguanta bien: de los 760 salones censados en 33 ciudades, solo uno aparece cerrado, el 0,1 %. Tiene sentido. La inversión es baja para un negocio con local, no hay materia prima cara que se estropee y el cliente vuelve cada cuatro o seis semanas porque al perro le crece el pelo, no porque le apetezca. Eso es una recurrencia que muy pocos negocios pueden comprar. La lectura de las reseñas deja el hallazgo más útil para quien lo monte, y es contraintuitivo en un sector emocional: el cliente habla de cómo le tratan a él, no de cómo tratan a su perro. El trato al dueño aparece en el 49 % de las valoraciones positivas y el trato al animal solo en el 15 %. La reseña la escribe quien paga, y lo que decide su nota es la atención en mostrador. Lo segundo que enseñan los textos es el precio: el 27 % de las quejas y solo el 14 % de los elogios. Es asimétrico, y conviene entenderlo antes de poner tarifas, porque un precio bien puesto no genera fidelidad, pero uno mal puesto genera reseña. El problema del modelo no es la demanda ni la supervivencia, es el techo. Un peluquero cubre unos seis perros al día y ahí se acaba la jornada; un salón de dos o tres personas llega a quince. Para crecer solo hay dos caminos, subir precio o contratar, y el primero lo castiga el cliente y el segundo reparte el margen y añade el problema de encontrar oficio. Por eso conviene mirar esto como lo que es: un autoempleo bueno, con una cuenta que cuadra rápido y un sueldo digno, más que un negocio que se pueda vender dentro de unos años. La cartera de clientes es de la persona que sujeta las tijeras, no del local.