El autolavado de mascotas es uno de los negocios más baratos de montar del catálogo y de los más ligeros de llevar: una cabina con agua templada, champú y secador, un monedero, y el cliente hace todo el trabajo. Con la máquina arrancando por debajo de diez mil euros y ocho horas semanales de mantenimiento, entiende uno el atractivo. El problema está en la aritmética del ticket. Se cobran unos seis euros por lavado, así que hacen falta en torno a doscientos veinte al mes, siete al día, para que una sola máquina deje unos seiscientos euros limpios. Eso no es un sueldo: es un complemento, y por eso este modelo encaja mucho mejor como servicio añadido a un negocio de mascotas o a un local que ya se tiene que como actividad principal. La segunda cosa que conviene mirar de frente es contra quién se compite, y la respuesta incomoda: contra la bañera de casa, que es gratis. Este servicio solo se paga donde bañar al perro en casa es un problema real, es decir, pisos pequeños, perros grandes y barrios con densidad canina alta. Fuera de ese escenario, el volumen no llega. Y no hay nada que proteja la ubicación: cualquiera puede comprar la misma máquina y ponerla dos calles más allá, empezando por la peluquería canina que ya tiene los clientes. Dicho todo eso, el mercado existe y está montado: hay operadores con más de cien lavamascotas de autoservicio repartidos por España funcionando las veinticuatro horas. Nuestra lectura es que funciona bien como segunda pata de alguien que ya está en el sector de las mascotas, y mal como primera aventura de quien busca vivir de esto.