La clínica veterinaria tiene la demanda muy bien documentada, y los números lo sostienen: el sector factura 3.069 millones de euros, un 7,4 % más que el año anterior y un 41,9 % más que en 2021, y lo hace sobre un parque de animales que ya no crece mucho. Es decir, crece porque cada dueño gasta más en el mismo perro, y ese gasto sube porque la relación con el animal ha cambiado. A eso se suma lo que hemos medido nosotros: 968 clínicas censadas en 33 ciudades, ninguna marcada como cerrada, y 226,8 reseñas de media por centro. Mucho paso, cliente recurrente y una mortalidad observada que no aparece por ningún lado. Ahora la otra cara, que es donde se decide el negocio. La primera es el equipo. La ley obliga a que la dirección técnica la ejerza un veterinario colegiado presente durante el horario de apertura, y el mercado laboral está tenso: el 39 % de los veterinarios españoles dice trabajar en un centro con falta de personal, el 61 % se declara estresado y solo el 49 % está satisfecho con su trabajo, una cifra baja para el entorno europeo. Quien monte esto tiene que entender que su principal problema de suministro no son los medicamentos, son las personas. La segunda es la agenda. Al leer los 419 textos negativos de la muestra aparece un patrón que no esperábamos en un servicio médico: el 27 % de las quejas son por la cita y la espera y el 21 % por urgencias que no se atendieron, por delante del 22 % que cuestiona el diagnóstico. La clínica se pierde en el teléfono. Y la tercera es la rentabilidad, que existe pero hay que trabajarla: el 20 % de los centros analizados en el informe sectorial trabaja con EBITDA negativo, y la proporción es la misma en los grandes y en los pequeños. En conjunto es un buen negocio de fondo, con una salida real por delante, ya que hay grupos comprando a entre cinco y siete veces el EBITDA, y con una exigencia de gestión que no admite improvisación.