Como negocio en frío, una consulta de psicología es de los modelos con mejor relación entre lo que arriesgas y lo que sacas de todo el catálogo: se monta con 8.000 € (menos de 2.000 si se empieza en un coworking sanitario), no tiene stock ni plantilla, y con la agenda llena deja unos 3.000 € limpios al mes. Eso significa recuperar la inversión en un trimestre, algo que no consigue ningún negocio con local del catálogo. Lo que le baja la nota no es la cuenta, son sus dos límites estructurales. El primero es el techo: se factura por hora sentada, así que crecer solo se consigue subiendo el precio o alquilando despachos a otros colegas. El segundo es la solidez, y es el más incómodo: no hay activo que vender, la cartera de pacientes no se traspasa y una baja médica es ingreso cero. A eso se suma un dato que conviene mirar antes de firmar nada: los psicólogos colegiados han pasado de 25.094 a 47.396 en nueve años. La demanda de terapia crece, pero la oferta crece más deprisa. Con ese telón de fondo, lo que decide que la consulta funcione ya no es la formación clínica, que se le presupone a todo el mundo, sino dos cosas mucho más prosaicas que las reseñas dejan clarísimas: que alguien conteste al teléfono y que se empiece a la hora.