Este es el negocio de la enseñanza que factura cuando los demás cierran. Julio y agosto son el pico, y un operador del sector con 1,25 millones de facturación y treinta colegios declara que en esos dos meses sus ingresos se triplican. Esa estacionalidad invertida explica el resto: el curso escolar, con sus extraescolares de tarde, no está ahí para ganar dinero, sino para sostener la estructura y la relación con el centro hasta que llega el verano. Quien solo hace campamentos gana bien nueve semanas y desaparece; quien solo hace extraescolares tiene el aula vacía justo cuando podría llenarla. El problema es que lo que se vende son horas de monitor y el monitor tiene precio de convenio. Un pliego municipal de 2024 licitó la hora a 17,50 €; el convenio de ocio educativo deja al monitor en unos 9,50 € brutos por hora, que con la Seguridad Social se van a 12,60. Quedan 4,90 € por hora para coordinación, seguros, material y oficina. Por eso el margen del sector vive entre el 12 % y el 20 %, y por eso vender directamente a las familias vale mucho más que ganar un concurso. Las reseñas apuntan al mismo sitio. Los monitores aparecen en el 42 % de las quejas y en el 36 % de los elogios: el mismo puesto decide las dos cosas. Quien monte esto no está montando una escuela, sino una empresa de personal estacional con responsabilidad sobre menores.