Bajo el mismo rótulo conviven dos negocios. Uno es la academia no reglada, que vende cursos propios de uñas, pestañas, barbería o color y entrega un certificado suyo: se abre con la licencia municipal y poco más. El otro es el centro autorizado, que expide título oficial y para eso necesita autorización administrativa, profesorado titulado, espacios homologados y una tramitación que el sector cifra en 12 a 24 meses. Cambian la inversión, el precio y el alumno, así que lo primero es decidir cuál de los dos se monta. El censo dice que el modelo aguanta: 245 centros en 12 ciudades y ninguno cerrado, con 4,63 de nota sobre 29.895 reseñas y tres de cada cuatro escritas en el último año. Las reseñas dicen dónde duele. El dinero explica el 25 % de las quejas y casi no aparece en los elogios: matrículas que no se devuelven, contratos de financiación y cobros que el alumno no esperaba. Es el punto flaco del modelo, porque la palanca obvia para cuadrar la cuenta es vender programas largos y financiarlos, y es justo la que escribe la reseña que espanta a la matrícula siguiente. Y luego está el competidor incómodo: la misma titulación la da la FP pública gratis, con 36.187 alumnos matriculados y un crecimiento del 0,76 %. En un mercado plano donde el rival cobra cero hay que vender otra cosa, que aquí es práctica sobre cliente real, horario y marca. Se puede hacer. No es un negocio fácil.