La tintorería es uno de esos negocios de los que se da por hecho que están desapareciendo, y el censo propio obliga a matizarlo: de 283 locales medidos en doce ciudades solo uno figura cerrado. La persiana sigue subida. Lo que sí es cierto es que el producto encoge, porque se lleva menos ropa formal y porque una prenda barata se sustituye antes que limpiarse, y eso se nota en el tamaño del negocio más que en su supervivencia. El hallazgo que ordena esta ficha es otro y sale de leer a los clientes. De los seis oficios medidos en el vertical, este es el único donde la primera queja no es el precio ni el trato cuando algo falla, sino el resultado del trabajo: el 34 % de las reseñas negativas hablan de una prenda que volvió encogida, desteñida, quemada o directamente perdida. Y ahí está la diferencia con cualquier otro servicio de proximidad. Cuando una tintorería falla no entrega un mal servicio, destruye una propiedad ajena, y la ley lo trata como tal: la responsabilidad recae en el negocio salvo que se advirtiera del riesgo concreto por escrito y con claridad, las cláusulas ambiguas se interpretan a favor del cliente, y existen sentencias que han tasado un solo error en 17.000 €. La consecuencia práctica es que el resguardo no es un papel administrativo, es el contrato, y que la póliza de responsabilidad civil no es opcional. El segundo condicionante es técnico. La máquina de limpieza en seco es la partida cara de la inversión, no baja de precio por abrir en una ciudad pequeña y trabaja con un disolvente clasificado como sospechoso de provocar cáncer, lo que arrastra circuito cerrado, ventilación forzada, vigilancia de la salud del personal y notificación previa de la instalación. Su sustitución lleva más de una década anunciándose sin plazo, así que hoy no es una prohibición sino un riesgo de inversión: quien compra máquina asume que puede tener que cambiarla antes de amortizarla. Con todo, sale un negocio de autoempleo honesto: paga un sueldo, se recupera en torno a los dos años y aguanta ciclos que se llevan por delante formatos más grandes. Lo que no es, es un negocio para quien no quiera dar la cara en el mostrador el día que una prenda vuelve mal.