El salón arcade retro tiene un cliente entregado y una caja pequeña. Los 26 salones que hemos podido identificar en doce ciudades suman 10.511 reseñas con un 4,63 de media, y una de cada cuatro reseñas buenas habla de nostalgia y de recuerdos, no de precio. El problema no es la demanda: es cómo se cobra. Bajo el mismo rótulo conviven dos negocios distintos. Uno cobra una entrada de juego libre, entre 10 y 15 €, y vive de llenar el fin de semana. El otro no cobra entrada, regala las partidas y factura la barra. Los números favorecen al segundo, porque una consumición se repite dentro de la misma visita y una entrada no: el visitante ve todas las máquinas en una tarde y tarda meses en volver. Debajo hay un coste que casi nadie presupuesta. El hardware tiene treinta y cuarenta años, se avería, y la queja específica del modelo es exactamente esa: máquinas apagadas o rotas con la entrada ya pagada. Sin alguien que sepa reparar placas y monitores, la sala se degrada sola. Y hay un competidor que no busca beneficio: buena parte de lo que abre en España son asociaciones culturales con cuota de socio y trabajo voluntario, que pelean por el mismo cliente con una estructura de coste imposible de igualar. La nota recoge las dos caras: pasión medida, monetización floja y una colección que, si hay que cerrar, se vende.