El micro-gimnasio en contenedor es una idea que suena bien y que en España todavía no es un negocio. Al ir a medirlo encontramos fabricantes serios con producto desarrollado, contenedores marítimos reconvertidos en salas de entrenamiento que se montan sin obra y quedan operativas en muy poco tiempo, pero sus clientes son ayuntamientos, empresas, organizadores de eventos y las fuerzas armadas. Montarlo por piezas tiene ya precio conocido, unos 32.500 € con precios públicos españoles, y nuestra cuenta enseña que con noventa socios la inversión vuelve en año y medio; lo que nadie ha demostrado es que un contenedor en España consiga esos noventa socios. No hemos localizado una red de micro-gimnasios en contenedor abiertos al público con la que comparar cuotas, ocupación o cuentas, y cuando buscamos gimnasios sin personal en el mapa lo que aparece son las cadenas low-cost de veinticuatro horas, que ya tienen su propia ficha en el catálogo. Por eso esta se publica sin nota. Dicho eso, la propuesta tiene una virtud que merece señalarse, porque ataca el riesgo más caro del gimnasio convencional: aquí no hay obra, y la instalación se puede mover si la ubicación falla. Quien haya visto de cerca un gimnasio que cierra sabe que lo que duele no es el equipamiento, es el alquiler largo con la reforma hecha. La duda seria es de escala. Un contenedor limita cuánta gente entrena a la vez y, por tanto, cuántas cuotas se pueden vender sin saturar la sala, y ese techo no lo ha publicado nadie. Nuestra posición es que el formato tiene sentido teórico en municipios pequeños o barrios sin oferta, donde no compensa levantar una instalación grande, y que hoy quien lo monte estará abriendo camino en vez de copiando un modelo probado. En cuanto aparezcan operadores al público con cuotas publicadas, lo puntuamos.