La marisquería de barra es, en los datos, el formato más estable de los seis restaurantes con sala que hemos medido a la vez: ni uno solo de los 123 locales censados aparece cerrado, y acumulan 1.978 reseñas de media por local. Es un negocio tradicional, con clientela arraigada y un escaparate imbatible, porque el propio producto en la vitrina hace la mitad del trabajo comercial. Dicho eso, es también el modelo con la materia prima más difícil de todo el catálogo. El marisco es caro, es perecedero y su precio lo pone la lonja, no la carta. Eso convierte la compra en el verdadero negocio: aquí no gana quien más vende, gana quien mejor compra y quien menos tira. La merma no es una línea contable, es lo que queda en la vitrina el domingo por la noche cuando el sábado no entró la gente esperada. De ahí sale también la queja del cliente, que hemos medido y encaja con el formato: el 21 % de las negativas son por el precio y otro 18 % por la cantidad de la ración. Vender al peso hace que el comensal esté muy pendiente de la relación entre lo que paga y lo que le ponen, y por eso los locales que marcan con claridad el precio por kilo se ahorran buena parte de esos conflictos. Nuestra conclusión es que este es un formato para quien sepa de producto y tenga acceso a buen proveedor; sin esas dos cosas, la vitrina se convierte en un problema diario en lugar de en un reclamo.