En el hotel para gatos, el dato propio cambia la conclusión. Sobre el papel es atractivo: instalación ligera, inversión moderada, operativa sin paseos ni patios y un mercado de mascotas que lleva años creciendo en gasto por animal. Al censarlo, la película es otra. En doce ciudades solo aparecen treinta establecimientos que alojen gatos de verdad, y de esos únicamente ocho están especializados: los otros veintidós son residencias caninas que han incorporado una zona felina como línea secundaria. La diferencia de volumen entre unos y otros es brutal: nueve reseñas de mediana frente a ciento treinta y una. No es un problema de reputación, porque las notas son prácticamente idénticas, sino de clientes. La causa está en la naturaleza del animal. El perro obliga a resolver la ausencia; el gato, no. Con comedero automático y un vecino que pase cada dos días, la familia se ahorra el gasto entero, y ese sustituto gratuito es el techo estructural del modelo. Por eso la fórmula que ha prosperado en España es la zona felina dentro de una instalación que ya vive del perro: reparte los costes fijos entre dos demandas y no depende de la más débil. Quien monte esto en solitario debe aceptar que estará construyendo un negocio pequeño, muy estacional y concentrado en la gran ciudad, donde vive el gato de piso y donde el dueño viaja. Hay margen para hacerlo bien: la especialización real es defendible, porque el gato necesita módulos individuales con altura y aislamiento entre animales, justo lo contrario del perro, y quien la ofrece se diferencia sin esfuerzo. Pero conviene entrar con la instalación pequeña, con la inversión contenida y con servicios añadidos como el transporte o la peluquería felina, antes que con una apuesta grande a la espera de un mercado que todavía no se ha visto.