El ajedrez está creciendo de verdad: las licencias federadas subieron un 12,7 % en 2024, hasta 34.841, el mismo año en que el deporte federado español bajaba un 0,2 %. El problema de este modelo no es la demanda, es quién la atiende. De los 163 rótulos censados, 103 se llaman club, asociación o agrupación, y otros 35 lo son sin llevarlo en el rótulo: el competidor de una escuela de ajedrez no es otra escuela, es una entidad sin ánimo de lucro con cuota simbólica, monitores voluntarios y una licencia estatal de menor de 5,00 € al año. A eso se suma un detalle fiscal que casi nadie mira. Hacienda considera que el ajedrez es deporte y no enseñanza, así que las clases de un profesional van con 21 % de IVA mientras las de una entidad de carácter social pueden ir exentas. Veintiún puntos de desventaja contra alguien que además no necesita margen. Por eso el dinero de este modelo no está en la clase suelta sino en la extraescolar que contratan los colegios y en los campamentos de verano. Y eso cambia el cliente: ya no decide la familia, decide el centro, y lo decide cada mes de junio. Se puede arrancar casi sin dinero, unos 7.000 € si no se alquila aula, y esa es la mejor noticia. La peor es el techo: con unos ciento quince alumnos y cincuenta horas a la semana, la cuenta deja 1.400 € al mes.