El crematorio de mascotas tiene una demanda que no depende de nada discutible. Los animales mueren, hay más de veinte millones en los hogares del país y el gasto por animal ha subido un 28 % en cinco años. Las fuentes del sector hablan de unas 700.000 cremaciones al año repartidas entre alrededor de 120 centros, y la ley empuja además en la misma dirección: los cadáveres de animales de compañía son subproductos de categoría 1 y solo se pueden eliminar por incineración en instalación autorizada o en cementerio habilitado, así que cada año que pasa hay menos alternativa informal. El cliente, además, valora el servicio muy bien: 4,9 de media sobre 19.368 reseñas de los 128 servicios censados con opiniones. Con esa base, lo lógico sería una nota más alta. No la tiene por dos motivos, y los dos son de entrada. El primero es el permiso. La instalación necesita autorización ambiental según la capacidad del horno, con límites de emisión de partículas, monóxido, compuestos orgánicos, olores y humo visible, más registro como operador autorizado de subproductos y licencia municipal sobre suelo industrial alejado de viviendas, colegios y hospitales. Ese trámite no se acelera con dinero: hay proyectos anunciados hace años que siguen sin abrir por no encontrar ubicación, y mientras tanto la demanda se resuelve por vías que no deberían existir. El segundo es la forma del mercado, y es el hallazgo de esta ficha. Al depurar el censo aparecen 164 servicios funerarios para animales en doce ciudades, y 64 de ellos, cuatro de cada diez, son puntos de recogida de cinco redes comerciales que no tienen horno: recogen al animal y subcontratan la cremación. Eso significa que quien invierte 250.000 € en una instalación compite en captación con quien ha invertido 30.000 en una furgoneta y una web. La capacidad instalada no da ventaja comercial por sí sola, solo margen por servicio. La consecuencia práctica para quien se plantee esto es doble. Si el objetivo es entrar rápido y probar el mercado, la vía sin horno existe, es legítima y recupera la inversión en menos de dos años, aunque su techo lo fija el precio que cobre el crematorio de al lado. Si el objetivo es construir un activo, el horno lo es, con una barrera de entrada que juega a favor y con comprador identificado, porque el sector ya se está consolidando. Lo que no funciona es lo intermedio: montar la instalación sin haber resuelto antes de dónde van a venir los doscientos servicios al mes que la sostienen.