El vending de hielo tiene el margen unitario más llamativo de este vertical y una de las operativas más ligeras que hemos medido: la máquina se conecta al agua de la red, fabrica los cubitos, los embolsa y los vende sola. Fabricar una bolsa de tres kilos cuesta unos cuarenta céntimos entre agua, luz y envase, y se vende en torno a tres euros. Con esos números uno entiende por qué se anuncia como negocio pasivo. El problema es que el margen por bolsa no paga las facturas: las paga el número de bolsas. Y aquí está la trampa del modelo, que es puramente de calendario. El hielo se vende en verano, en la costa, en campings, en zonas de ocio nocturno y cuando a un bar se le acaba un sábado por la noche. La máquina, en cambio, cuesta lo mismo en enero que en agosto. Por eso la decisión que de verdad importa no es qué equipo comprar, sino contar cuánta gente pasa por esa esquina en temporada alta, porque dos máquinas idénticas a cinco kilómetros de distancia pueden facturar diez veces distinto. Hay dos cosas más que conviene tener claras. La primera es que el hielo de consumo es un alimento: obliga a control del agua, limpieza y registro sanitario, y un fallo ahí no es un problema comercial sino de salud pública. La segunda es una puerta de entrada que nos parece interesante para el perfil adecuado: existen operadores que instalan y mantienen la máquina en un local ajeno sin coste para el titular, repartiendo los ingresos. El negocio deja de ser tuyo del todo, pero si lo que tienes es la ubicación y no los veinticinco mil euros, es la forma sensata de probar si tu esquina vende hielo.