El vending clásico es el negocio con la barrera de entrada más amable de este vertical: con una máquina y unos tres mil euros ya se está operando, sin local, sin obra y sin licencia. Eso lo convierte en la puerta habitual para quien quiere empezar poco a poco, y explica su atractivo. Pero hay dos cosas que conviene mirar de frente antes de comprar la primera. La primera la hemos medido nosotros y es incómoda: con 4,09 de nota media y una de cada cuatro reseñas negativas, este es el segundo modelo peor valorado de todo el catálogo, solo por detrás de su hermana la tienda de vending 24h. Cuando se leen las quejas, el patrón es siempre el mismo: la máquina se quedó el dinero, el producto estaba agotado, no había nadie a quien reclamar. En un negocio sin personal, el mantenimiento no es una tarea operativa, es la política de atención al cliente entera. La segunda es de propiedad: la ubicación no es tuya. Se coloca la máquina en el local de otro a cambio de comisión, y ese acuerdo suele ser revocable. Si cambia el gestor o llega un operador que paga más, el equipo sale de ahí y hay que buscarle sitio. Sumado a que el buen emplazamiento es justo el que más comisión pide, se entiende por qué la cuenta obliga a acumular: con siete máquinas quedan unos 850 € al mes, y para vivir de esto hay que acercarse a las quince o veinte. Nuestra lectura es que funciona como negocio de crecimiento lento y muy controlado, para quien tenga acceso a emplazamientos y no le importe la ruta. Lo que no es, en ningún caso, es el ingreso pasivo que se anuncia.