El gabinete de logopedia tiene el mejor cliente del vertical y el peor horario. Lo primero está medido: solo un 2,3 % de las reseñas son negativas, la tasa más baja de todas las consultas y despachos que hemos analizado, y la profesionalidad aparece en el 63 % de las positivas, también el máximo. Al logopeda se le valora lo que hace, y el paciente que entra en septiembre suele seguir en junio, así que la recurrencia hace el trabajo que en otros modelos hace el marketing. Lo segundo es el techo que casi nadie calcula antes de firmar el alquiler: si tu paciente es un niño, solo puede venir cuando sale del colegio, y eso convierte una jornada completa en una franja de cuatro horas. Por eso los gabinetes que funcionan bien se parecen menos a una consulta y más a una agenda por bloques: tardes de infantil, mañanas de adultos, geriatría o teleconsulta, y domicilios para rellenar. La otra pata delicada es quién paga. No hay seguro detrás: hay una familia poniendo 38 € cada semana durante un curso entero, compitiendo con las extraescolares. Con esas dos cosas resueltas, el resto del modelo es de lo más sencillo del catálogo: 7.500 € de entrada, ningún equipo caro, exención de IVA y una inversión que se recupera antes de que acabe el primer trimestre.