El escape room tiene una de las notas de cliente más altas del ocio que hemos censado: 4,86 sobre 317 salas censadas y 202.137 reseñas, con solo 41 textos negativos entre los 1.059 leídos, y sin un solo local marcado como cerrado. Con esos datos delante, la pregunta no es si gusta, sino por qué la nota de Rolty no sube más. Por tres cosas que salen de su propia cuenta. La primera: el cliente no repite. Una sala se juega una vez, así que la caja depende de captar grupos nuevos cada semana, y en una ciudad pequeña ese público se agota. La segunda: la sala se gasta. El 49 % de las quejas hablan de mecanismos rotos y pruebas desactivadas, y el sector rehace el contenido cada dos o tres años. Eso no es una avería, es una inversión que vuelve, y presupuestarla convierte dos años de retorno en cuatro. La tercera: la puerta de entrada. Es un local de pública concurrencia, con proyecto técnico, evacuación, alumbrado de emergencia y decoración ignífuga, y en una inspección municipal publicada cuatro de dieciocho salas funcionaban sin autorización. A cambio hay una ventaja real: aquí no se compra materia prima, así que lo que entra por la puerta se queda dentro. Es un negocio de fin de semana, con un cliente entusiasmado y un mantenimiento que no perdona un descuido.