La enfermería a domicilio es el negocio más barato de arrancar de todo el catálogo: con material clínico, un seguro, la colegiación y el coche que ya se tiene, se está trabajando. Eso lo convierte en la puerta de salida natural para quien quiere dejar los turnos sin jugarse un ahorro. Y la demanda acompaña, porque el envejecimiento y las altas hospitalarias cada vez más tempranas dejan en casa a pacientes que necesitan curas, sondajes y seguimiento. El problema aparece cuando se mira quién ocupa ese espacio. Al intentar censar el modelo nos encontramos con que la enfermera por libre casi no existe en el mapa: lo que aparece son grandes agencias de cuidado de mayores, que trabajan con cuidadoras sin titulación sanitaria y desde unos diez euros la hora. No prestan el mismo servicio, pero son las que salen cuando una familia busca ayuda, y son las que fijan el precio que el cliente considera normal. La segunda limitación es aritmética y no se arregla trabajando más: se cobra por visita, y el tiempo entre un domicilio y otro no lo paga nadie. Por eso este modelo rinde mucho más concentrado en un barrio que repartido por una ciudad, y por eso crecer significa incorporar a otra enfermera, no alargar el día. Nuestra lectura es que funciona bien como autoempleo de arranque rápido y riesgo bajísimo, y que solo se convierte en un negocio de verdad cuando deja de ser una persona con un maletín y pasa a ser un pequeño equipo con una zona bien acotada.