El despacho de ingeniería industrial vive de una obligación legal muy concreta: para abrir un local, legalizar una instalación o poner en marcha una industria hace falta un proyecto firmado por un técnico con atribuciones. Eso le da una demanda que no depende del marketing, sino de que en su zona se abran negocios y se hagan reformas. Con una inversión de entre 4.000 y 14.000 € (equipo, software de cálculo, colegiación y seguro) y sin local de cara al público, la cuenta cuadra rápido: menos de tres meses para recuperar lo puesto. El riesgo de este modelo no está en la inversión ni en la demanda, está en el precio y en la firma. Una parte importante de los encargos llega con prisa y buscando el papel más barato posible, y el técnico que compite ahí acaba enfrentándose a quien firma sin visitar la instalación. La diferencia es que la responsabilidad del proyecto no la asume quien lo pagó, sino quien lo firmó. A eso se suma un cambio de reglas que conviene conocer: desde la Ley Ómnibus de 2009 el visado colegial dejó de ser obligatorio con carácter general, así que hoy solo se tramita cuando lo exige el cliente, la aseguradora o un pliego. Es menos coste, pero también menos filtro. Sobre la captación, la medición no deja lugar a dudas y coincide con el resto de despachos técnicos del vertical: once reseñas de media por despacho y solo una de cada cuatro del último año. Aquí el cliente es empresa y llega por prescripción, por el industrial de al lado y por el ayuntamiento. Quien monte esto debe presupuestar tiempo de relación, no campañas.